Hay algo fascinante —y también inquietante— en abrir el móvil y ver un mapa lleno de puntos rojos, flechas y trayectorias. Aviones que despegan, barcos que cambian de rumbo, alertas que parpadean y drones que surcan el cielo en busca de objetivos que no vemos, pero intuimos. Todo parece ordenado, casi jugable, como si se tratara de una partida en tiempo real en la que alguien mueve fichas sobre un tablero perfectamente visible. Es lógico pensar que estamos ante la “primera guerra interactiva de la historia”, como vino a aseverar el fantástico artículo de Ricardo F. Colmenero para «El Mundo» (03-04-2026) a propósito del conflicto con Irán, pero conviene frenar un momento.
La historia nos demuestra que, en realidad, estamos ante algo menos novedoso de lo que parece. Antes de que existieran los mapas en tiempo real o los paneles con inteligencia artificial, la guerra ya se había convertido en algo que se miraba y generaba reacción al instante. Durante la Guerra del Golfo (1991), millones de personas vieron bombardeos nocturnos en directo por televisión. Misiles cruzando el cielo como líneas luminosas, sin cuerpos, sin sangre, donde la luz y el sonido bastaban para construir una narrativa casi estética de la batalla. Como recordaba el propio artículo al citar a Jean Baudrillard, aquella guerra fue, en cierto modo, un simulacro: no porque no existiera la violencia, sino porque lo que se mostraba era una versión filtrada y espectacular de algo que, en su crudeza real, quedaba fuera de plano. Lo que ocurre hoy no es que la guerra se haya vuelto espectáculo. Eso ya lo era.
La Guerra de Irak en 2003, con el despliegue del “shock and awe”, o más recientemente la guerra de Siria, difundida a través de vídeos virales y redes sociales, consolidaron esa lógica. Incluso yendo un poco más atrás, la Guerra de Vietnam ya había marcado un punto de inflexión al convertirse en el primer conflicto seguido de forma continuada por la «pequeña pantalla».
Lo que sí ha cambiado es el grado de interacción con ese espectáculo. Y ahí sí hay un salto relevante, como demuestran otros casos paradigmáticos también anteriores a Irán. En Ucrania, por ejemplo, hemos visto a miles de personas siguiendo vuelos en Flightradar24, rastreando barcos en MarineTraffic, analizando imágenes, geolocalizando ataques y construyendo visualizaciones que recuerdan a interfaces de estrategia militar. No operaban ningún dispositivo ni tomaban decisiones reales, pero comentaban ofensivas al momento, proponían hipótesis y “participaban” simbólicamente en el desarrollo del conflicto. Aquí es donde el artículo de «El Mundo» acierta… aunque con ciertas afirmaciones matizables.
Es absolutamente cierto que hoy existen paneles que reúnen información abierta con entornos visuales muy accesibles. Ahora bien, equipar eso a una “sala de operaciones del Pentágono” solo puede entenderse como exageración retórica o una comparación que desdibuja lo esencial. En una sala de operaciones lo mínimo es jerarquizar y tomar decisiones bajo condiciones de incertidumbre real. Pero en este escenario no hay nada de eso, porque se exime la validación crítica y la responsabilidad. Dicho de otro modo: una cosa es mirar y otra muy distinta es operar. Donde el texto sí acierta de lleno es en cómo describe la forma en que percibimos hoy la guerra. Las pantallas y las herramientas importan, aunque lo decisivo es la lógica que las ordena. La mejor prueba es que cada vez más soldados operan drones a miles de kilómetros del frente, manejando joysticks y equipos digitales que se parecen más a una consola que a un campo de batalla. “Cámaras voladoras de alta resolución armadas con misiles”, como se las ha llegado a describir, que transforman la experiencia de combate en algo mediado y tecnológicamente limpio.
También cambia el lenguaje, puesto no se habla de muertos, sino de impactos y de “objetivos neutralizados”. Las víctimas llevan muchos años despareciendo del relato, en pro de un conjunto de cifras y datos que hacen de la guerra una especie de panel financiero. El artículo menciona además un elemento especialmente llamativo: la posibilidad de apostar por acontecimientos vinculados al propio conflicto. Plataformas como Polymarket o Kalshi, en las que se formulan preguntas sobre escenarios políticos o geopolíticos, son una novedad relativamente reciente en este ámbito. Ahora bien, conviene situar este fenómeno en su justa medida, puesto que todavía a día de hoy no se trata de una práctica generalizada ni de un eje central del ecosistema informativo. Tampoco supone una transformación que convierta el conflicto en un casino global, aunque introduce una capa adicional —la de esa especulación pública que se describe en el texto— que se superpone a otras ya existentes y que resulta significativa por lo que revela: la tendencia a pensar la guerra en términos de qué puede pasar y a comentarlo o anticiparlo colectivamente desde la distancia.
Quizá la sensación sea precisamente esa. Estamos viendo más que nunca y entendiendo menos de lo que creemos. Deslizamos el dedo, ampliamos, comentamos, compartimos, y la destrucción se nos presenta como un flujo continuo que nunca termina de detenerse. Y precisamente por eso, cuanto más accesible resulta, más fácil es perder de vista lo esencial. Al final, y subrayando lo dicho por el propio Colmenero, es imperativo detenerse y recuperar el sentido de lo que estamos observando. Jamás podemos olvidar que detrás de todo lo que nos llega a través de esta colección de estímulos y visualizaciones hay otra cosa: vidas humanas, historias interrumpidas y pérdidas irreversibles que no caben en ningún mapa.
Para saber más:
Baudrillard, J. (1995). The Gulf War did not take place. Indiana University Press. Bellingcat. (s. f.). Investigations. https://www.bellingcat.com
Chadwick, A. (2017). The hybrid media system: Politics and power (2nd ed.). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780190696726.001.0001
Chouliaraki, L. (2013). The ironic spectator: Solidarity in the age of post-humanitarianism. Polity.
Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos.
Hoskins, A., & O’Loughlin, B. (2010). War and media: The emergence of diffused war. Polity.
Kennedy, H., Hill, R. L., Aiello, G., & Allen, W. (2016). The work that visualisation conventions do. Information, Communication & Society, 19(6), 715–735. https://doi.org/10.1080/1369118X.2016.1153126
International Committee of the Red Cross. (s. f.). War and law resources. https://www.icrc.org